viernes, 30 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 120
Viernes 30-5-14

Vuelo 532

Primero hay que saber partir. Después temer.
No. Temer, no. Sufrir. Primero hay que saber partir, después sufrir. ¿Por qué sufriría quien parte? Tiene más sentido que tema. Por no poder volver. ¿Por qué desearía regresar quién parte? La ida sin vuelta es inquietante. Por eso sufre, no teme. Temería si tuviera alguna duda. No la tiene, por eso sufre el temor de la certeza. Nada permanece inalterable. Primero hay que saber partir. No tiene sentido tampoco. Ese no es el primer saber. No se puede partir de cero. Tengo que revisar la canción.
No era partir. Era sufrir. Primero.  Después amar.
Primero hay que saber sufrir. Después amar. No se puede amar si antes no se conoce el riesgo. Tiene lógica. No existe amor sin certeza de dolor. Primero lo primero: el abismo. Recién cuando te asomaste al borde, la panza te crujió, el alma se te escapó por la boca, recién entonces podrás amar.
¿Y después?
Partir.
Primero hay que saber sufrir.
Después amar, después partir.
Sufrir. Amar, partir. Ese es el orden. Y con esa puntuación. Sufrís largo, amas corto y partís pronto.¿Por qué partiría quien ama?
-- Último llamado de embarque vuelo 532 con destino a.

martes, 27 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 118
Martes 27-5-14

Desplumado

-- Llega un momento que vos te das cuenta cuando en la pajarera te falta el lindo canario.
-- No me gustan lo canarios.
El secretario parpadeaba detrás de sus lentes. La boca entreabierta invitaba a su interlocutor a continuar el diálogo absurdo. El de la pajarera era uno más en la fauna que poblaba la oficina. Llegaban buscando un atajo. La selva era intransitable sin un guardafauna. Pero el jefe había dicho que no estaba para nadie.
-- ¿Y el papagayo?
-- No, señor. Las aves en general me causan rechazo.
Tremendo pajarón. A Estévez le había quedado el resabio de sacudirse el pelo, pero ni caspa tenía ya. Agitó el aire alrededor de su pelada. Intentó descifrar la nada, el secretario era más inescrutable que un gorrión.
-- ¿Y los gatos?
-- Me gusta más el perro.
No se le movía un pelo al pibe. Era muy pichón. O se hacía. Desplegaba todo el reino animal como si fuera el objetivo principal de su trabajo.
-- Sin embargo acá hay gato encerrado. Puedo olerlo.
No esperó respuesta. Ya le bajaría la cresta. Pero se sentía apechugado.  Sin decir ni pío bajó la escalera. Pasaría el invierno sin una sola pluma que lo abrigara del frío.

viernes, 23 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 118
Viernes 23-5-14

Canning y Cangallo

Bajó por Cangallo. Miró el reloj y apuró el paso. Era tarde, la cita requería puntualidad exquisita. Milimétrica. Un tiempo que escapaba al reloj. ¿Para qué lo miraba? Manotazo de ahogado. De qué otro instrumento puede valerse quién intenta atravesar el tiempo. No se medía con agujas, ni con arena. Alguna señal en la condensación de humedad del aire. Un estruendo, un susurro apropiado. A veces alcanzaba con tropezar con una baldosa salida desde la época en que la calle aún estaba adoquinada. Había caminado por Cangallo todas las mañana durante siglos. A veces lograba llegar a tiempo a la intersección con Canning y podía ver un retazo de su abrigo azul marino, un resabio de moño rojo que arañaba al viento. ¿Por qué había siempre tanto viento en las intersecciones de Canning y Cangallo? Algunas esquinas de Buenos Aires tenían su propio clima. Paredes que abismaban tránsitos pisados. Senderos, bocacalles, ojos de tormentas. Bastaba con transitarlas con la mirada adelante, el paso firme. Olvidar las trampas. O al menos esquivarlas. Ignorar incluso los sonidos de interlocutores telefónicos vociferantes. Pisar con firmeza la vereda de Cangallo, detenerse en la esquina de Canning. Saber que esperarla podía ser mejor que encontrarla.

jueves, 22 de mayo de 2014

Doscientas palabras



Día 117
Jueves 22-5-14

Humedad

Si pudiera sacarlo, estrujarlo, quitarle la última gota de humedad. Orearlo en la ventana. Pero ni sol que lo tueste. Las ultimas hojas pegoteadas ensucian la vereda.  La ciudad se vuelve una trampa imposible. El que no se secó en verano, ni logró hacerlo en otoño deberá permanecer mojado hasta la primavera. Es ley urbana. El que no se escondió se embroma.
Helena conoce las consecuencias de haberse internado en el pantano fuera de temporada, pero no tiene ganas de aceptarlas. Abre la ventana, saca la cabeza. No mira nada. No necesita ver. Vence su cuello, deja que el agua muerda sus rulos que se estiran pesados hacia el suelo. Una gota mayor que las otras le indica un camino posible. El agua es sabia, no intenta resistir. Hay un orden en el caos del que vuelve al cauce. Saca un brazo desnudo. La lluvia ocupada en mojar su cabello ni lo toca. Envalentonada saca el otro. Su cuerpo pende de un hilo, ella paciente espera a que la lluvia complete su trabajo. Cuando el agua haya terminado de humedecer su cabello el peso se habrá desequilibrado y por fin escapará al laberinto. Si pudiera sonreiría. Pero nadie sonríe con el corazón tan mojado.

lunes, 19 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 116
Lunes 19-5-14

La coleccionista

-- Tú eres una rubia que le gusta hacer el bien.
La voz interrumpió su pensamiento. Tenía los pies y la nariz fría. Se había sentado allí cuando el sol aún engañaba a la brisa. Pero el viento había ganado, bastó con cubrir el cielo de nubes. Un estremecimiento despertó el siguiente comentario.
-- No temas, rubia. Tu puedes hacer el bien y yo entonces no haré el mal.
La rambla estaba desierta. La interpelada se frotó los brazos y levantó la mirada. La carrasposa era una mujer joven, delgada, pálida. Sonreía expectante con su mano extendida. Una mano huesuda con prolijas uñas violetas y una alianza de oro brillante. Demasiado nueva como para saber de desgaste marital.
-- No tengo dinero. Salí con lo puesto.
La chica entonces bajó su mano y se sentó junto a ella. Ambas miraron el mar. Tan gris como el cielo. El viento alborotaba sus pelos, los arremolinaba. Una ráfaga cubría una cara, sacudía sus cuerpos. Otra las descubría. Un mechón floreció en la cabellera negra. La chica se lo quitó como pudo y recordó su misión.
-- No quiero dinero. Colecciono anillos ajenos. Amores nuevos, sucios, rotos o brillantes. No tengo ninguno tan gris como el tuyo.

viernes, 16 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día115
Viernes 16-5-14

Luna Llena


La tradición indicaba que las noches de luna llena debía extremar el cuidado. Había sucedido en su familia por generaciones, no tenía por qué interrumpirse con ella. La marca era tan ancestral que estaba impresa en el apellido desde tiempos inmemoriales. No todos los miembros del clan lograban cumplir el desafío de tener siete hijas mujeres consecutivas sin interrupción de varón alguno. La crónica familiar consignaba el fenómeno desde el siglo XVI (por supuesto que se estima que la particularidad podría haberse desarrollado mucho antes, pero no existen pruebas históricas contundentes). En cambio, sí está documentado que desde el siglo XVI hasta la fecha, son siete las mujeres que han engendrado siete mujeres. Cada una de ellas, tal como ordena la tradición ha llevado el nombre Luna con orgullo ancestral.
La protagonista de esta historia no es la excepción, como las otras, ella también lleva con hidalguía el nombre Luna, acompañado del ilustre apellido. Pero ella, a diferencia de sus seis antecesoras, carga con un peso extra: ser la séptima Luna Llena. Nunca nadie se animó a explicarle las posibles consecuencias de su caso. No fue necesario, sólo ella sabe lo sola que puede sentirse las noches de luna llena.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 114
Miércoles 14-5-14

La última vez


La camilla es dura. No es camilla, es mesa larga de metal. No está pensada para la comodidad del paciente, que cuando llega allí hace tiempo que ha dejado de preocuparse por su propio confort. Hay lujos que sólo se conciben en salud. Como la temperatura ambiente. No importa que haga frío, lo importante es que la máquina funcione. Todo el circo está montado para esa prima donna que gira, se acomoda. Moldea su indiferencia a mi cuerpo.
-- Si quería un perro tiene que ayudar a pasearlo. Llego, y ni me sacó el ambo.  A pasear al caniche.
El radioterapeuta se mantiene en su rutina. La charla doméstica había comenzado con el paciente anterior, y continuará aún con el siguiente. La rutina no se detiene. Las luces rojas atraviesan mi cuerpo. La espalda desnuda apoyada sobre el metal, la piel erizada por el frío, la cabeza tan lejos del caniche como de la máquina ególatra. En el instante final los técnicos salen apurados. Eso que me curará a ellos puede enfermarlos. La máquina escupe su fuego invisible, quema algo en mi profundidad. El pitido avisa. Los técnicos entran a liberarme.
-- Espero no volver a verte.
-- Ojalá.
He terminado el tratamiento.

martes, 13 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 113
Martes 13-5-14


Final


El día anterior al final despertó tiritando. Sin abrir los ojos estiró una mano y se cubrió con la manta que se había deslizado a un costado. No sabía la hora, el despertador no había sonado aún. ¿Cuánto habría dormido? Sabía leer los intersticios de la ventana con la destreza de una insomne inclaudicable. Pero también había aprendido que abrir los ojos para averiguarlo era la diferencia entre despertar o mantener la ilusión del sueño.
Giró sobre sí misma. Intentó no pensar. Peor. Cuanto más fuerza se hace para no pensar más se  piensa. Conocía esa otra estrategia también. No se puede pensar en nada. La única solución es pensar secuencias. Mono temas que se encadenen solos, sin ayuda externa. Secuencias numéricas, cadencias, normas ortográficas, canciones, versos.
"No soy el amor amante, soy la muerte dios me envía. Hay muerte tan rigurosa déjame vivir un día". Qué hacía esa letra en su cabeza. Estaba en el guión que había trabajado esa semana. Pero por qué había saltado a su cabeza. No seguiría intentándolo. Se levantó decidida. No tenía por qué seguir durmiendo. Aprovecharía para trabajar de madrugada.  Adelantar trabajo le dejaría tiempo libre para disfrutar mejor del final del tratamiento.

domingo, 11 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 112
Domingo 11-5-14

Blanca y radiante

Lo peor de su nueva habitación era el color. En qué habrían estado pensando los especialistas. Suburbios fabriles humeantes tiñendo de saludable negro la vida de la comuna. Serena no hubiera imaginado jamás que hubiera algo tan blanco escondido en las entrañas urbanas. El rincón en el que la habían confinado hedía a blanco, un olor pegajoso como el de la sangre. No podría lavarse ese color ni con el mejor jabón.
-- Bañate. Los elementos de higiene están en el armario.
La enfermera había entrado con sigilo a la habitación, y con impertinencia a su cabeza. A partir de ahora tendría que cuidarse de lo que pensaba si quería ser liberada.
La ropa que debería ponerse después del baño también era blanca. Se vio en la puerta de la iglesia, niña de pelo renegrido estirado en un moño blanco, vestido blanco a la rodilla, guantes blancos en sus manos, rosario blanco en su cuello. La imagen se fundió con la de otra iglesia. El vestido blanco ahora llegaba a los pies y se estiraba en una larga cola. Blanca también podría ser su mortaja, descubrió con alivio. El peine tenía filo suficiente como para ayudarla a teñir todo de rojo.

viernes, 9 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 111
Viernes 9-5-14

Veda

Si abriera los ojos podría ver la ventana. Cerrada. Postigones de madera, cortinas pesadas de terciopelo. Verdes. Podría correrlas, abrir las persianas. Ver a través de la ventana. Aún sin abrirlos podía recordar de memoria lo que vería. Hacia arriba un rectángulo pequeño de cielo siempre oscuro. Abajo el toldo de plástico manchado por excrementos de palomas. De costado una rodaja de la torre de la iglesia. La campanada solía despertarlo los domingos. A Sebastiana no le gustaba. Decía que cuando tuviera dinero se iría del barrio. Desde su casa también se oía. Oían lo mismo. Sus departamentos estaban enfrentados. Espalda con espalda. Oían lo mismo, pero no veían lo mismo. Ella se lo había dicho un día que accedió a asomarse a su ventana. Él le creyó, no pudo comprobarlo. Ella no quiso invitarlo a su casa. Fue antes de la orden. Cuando él todavía podía abrir los ojos, las cortinas verdes, y la persiana. Pasaba todo el día sentado frente al vidrio. La vista fija al frente, clavada en la ventana de Sebastiana. Hasta que le ordenaron que ya no la mirara porque si no debería abandonar el edificio. Obedeció. No quería irse. Así al menos podía recordarla.

jueves, 8 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 110
Jueves 8-5-14

Treinta y tres

-- Diga treinta y tres.
La mujer lo miró sorprendida. El doctor devolvió la mirada atento, serio. Ella esperó que la máscara se relajara, que asomara la sonrisa que develaría la broma. El médico no solía ser propenso a los chistes. Ella lo conocía desde hacía años, y lo visitaba a menudo. Solía lesionarse seguido los tobillos. Corredora urbana, intensa. Calzaba las zapatillas y salía a correr ante cada dificultad. Con el tiempo las rispideces se amontonaron a la par de los esguinces. El hombre solía recibirla serio, sacudiendo la cabeza. Descreyendo de que su paciente no fuera capaz de cuidar mejor sus tobillos.
-- Treinta y tres.
El doctor insistió, la paciente se impacientó. Rió nerviosa. Se levantó con cuidado, saltando en un pie se acercó a la camilla. Creyó que é la ayudaría, pero no se movió de su lugar, detrás del escritorio. Había ido directamente, sin cambiarse. El dolor era intenso. Se sentó con dificultad en la camilla. Con mucho cuidado desató la zapatilla, quitó la media y dejó el tobillo inflamado al aire. Como el médico no se movía dijo por fin:
-- Treinta y tres.
-- Ahí está. Sepa que a partir de ahora prefiero encargarme de sus pulmones.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 109
Miércoles 7-5-14

Ascenso

Subió tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Perezosas, permitían poco; casi nada. Cuando llegó al primer descanso había comenzado a oscurecer, temió tropezar. La tecla de luz estaba lejos. El timbre sonó de nuevo. Continuó. Aún podía llegar. La sombra del peldaño. No lograba confiar en esa visión borrosa. Si volvía a caerse no podría volver a pararse. Los médicos habían sido claros. De la cama no hay retorno. De ahí, a la tumba. Como Mari. Ni tumba, un nicho chiquito, si estaba consumida. La cama te chupa, te exprime el jugo interior, te deja seca.
Un nuevo timbre la empujó hacia arriba, a la oscuridad. Un abismo vertical al que arrojaba su humanidad con impulsos tenues. Pensó en advertirle a Hugo que ya llegaba, que la esperara, que cuando llamó la primera vez había justo bajado al sótano. Se había terminado la soda y ella sabía lo que le gustaba rebajar el vino con un chorrito. Lo quería complacer. Tenía que atenderlo bien, que volviera a visitarla. ¿De otro modo cómo haría para volver a levantarse? Hablar muda le dio fuerza suficiente para llegar al último escalón, pero cuando abrió la puerta su hijo ya no estaba.

martes, 6 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 108
Martes 6-5-14

Sala de espera

Antiguamente era distinto. La mujer era medio sometida. Mi familia es de gastronómicos. ¿Medio? Por eso en mi casa el hombre cocina. Los muchachos jóvenes de ahora de cuarenta, cuarenta y cinco los ves con el carrito. Vos cedés un cachito así y se toman la mano. Hay que saber poner límites. Son tiempos distintos. Prendés la tele y.
El murmullo de voces borda el espacio. Puñado de lombrices que se retuercen intentando desprenderse del montón. Quién dice qué. Las lombrices tejen la espera. En la sala el que no habla oye. El nudo se aprieta fuerte, eleva su volumen, vuelve sobre sí, se desata. Reptan las voces entre los zapatos deformados por los juanetes. Taco bajo, color gastado.
Hay que hacer lo que uno tiene ganas. A esta altura sí. Aunque nunca se termina de aprender. Eso nos dicen nuestros hijos. No dejen nada. No queremos nada.
El tono monocorde se tuerce sobre el acento encumbrado. Las lombrices bajan la cabeza, se tocan, se miden. Una más gorda, gruesa logra imponer su sentencia. Se desprende sola y se aleja.
-- Señora María Mercedes Méndez de Castillo.
La mujer se levanta refunfuñando. Ha llegado su turno justo que había logrado imponerse.

domingo, 4 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 108
Domingo 4-5-14

El sillón verde


La casa es pequeña, endeble. Abuela no parece notarlo. El viejo sillón aún la cobija en su hueco. Su cuerpito ha dejado una huella en el almohadón verde que le garantiza presencia eterna. Cuando la internan con hermana jugamos a ensartarnos en el hueco. Nosotras sabemos que el sillón esconde un secreto. Como si el tiempo se detuviera. Los huesos se estiran, las arrugas se alisan. Las preocupaciones desaparecen. Suena el acorde gastado de una calesita de barrio,  se huelen retazos chamuscados de castaña ahumada. A veces el viento arrastra hojas secas, o se pueden sentir chispazos de lluvia azotando la cara. Mamá no entiende por qué abuela se resiste a internarse.
-- Se deja morir sentadita en ese viejo sillón, con la casa llena de humedad. Cada recaída me es más difícil convencerla. Ya no tiene deseos de vivir.
Nosotras escuchábamos la preocupación de mamá pero no la compartíamos. Tampoco podíamos advertirle sin traicionar el secreto. Por eso no alcanzamos a evitar la desgracia cuando mamá se la llevó la última vez refunfuñando al hospital, y volvió corriendo a la  casita de abuela para tirar el viejo sillón. En su lugar colocó uno nuevo, blanco, reluciente que abuela jamás usó.

sábado, 3 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 106
Viernes 2-5-14

Poda

En puntas de pie alcanzaba a verlo. ¿En qué momento había necesitado estirarse para asomarse por la ventana? Los rosales habían sido plantados para ser vistos desde el interior pero desobedecieron el mandato. Como si tuvieran pies. Poco les importó la opinión de los habitantes de la casa. Ella y el marido, los chicos se habían ido hacia años. Como a los rosales, a ellos también los había parido calculando que estarían cerca siempre que los necesitara. Pero cada uno había crecido sin recordar el injerto inicial que les diera vida. No debía pensar así. No hoy. Ya habría mañana tiempo de lamentaciones. Esteban había vuelto. Su hijo era ahora tan mayor que parecía su padre. Elvira se veía a sí misma como a una niña. Si dejaba de mirarse en el espejo lograba creerle a esa pequeña que había retornado desde el pasado para demostrarle que el tiempo no había transcurrido. La distancia entre sus ojos y el marco de la ventana era una prueba a favor de esa teoría. Si acercara el banco de la cocina podría vigilar mejor la poda de sus rosales. Esteban no sabía nada de rosas, podía arruinarlas. Pero el banco estaba tan lejos.

jueves, 1 de mayo de 2014

Doscientas palabras

Día 105
Jueves 1-5-14

Rayuela

La piedra cae sobre el tres. La niña salta en un pie hasta alcanzarla, se inclina tambaleante. No debe caerse, el pie levantado no puede rozar el piso, su mano debe ser capaz de recoger la piedra sin apoyarse. Una vez superada la instancia volverá a arrojarla con cuidado extremo. Al final está el cielo, la mayoría de los chicos intentan alcanzarlo para ganar el juego. Ella no.
La piedrita cae ahora en el ocho. Repite el procedimiento. Un pie, dos. Avanza en el casillero. Escalera al cielo. La tienta su proximidad. Lo observa ahora sobre su dos piernas abiertas. Una plantada sobre el seis y la otra sobre el siete. Desde allí el cielo parece posible.
Su amiga desde la tierra, el extremo inicial, la observa impaciente.
-- Dale, Milena.
¿Quién necesita ir al cielo? El juego ahora se le antojaba absurdo. ¿Por qué alguien se esforzaría por llegar al cielo? Un lugar sin retorno. De eso estaba segura. El cielo de verdad no te permitía volver. En la vida real, si llegás al cielo no ganás el juego y comenzás otra vez. Milena era pequeña, pero no se dejaba engañar. Sabía que si su abuela pudiera regresar lo haría.