martes, 25 de noviembre de 2014

Doscientas palabras - Leonero

Un puma o dos. El invierno mostraba su garra. Varios días que no soplaba el viento. Ni una nube. Ovidio desconfiaba del sol. Ni un poco de hielo siquiera. Las ovejas gordas. El león estaba cerca. La Leona y su cachorro.
En una noche habían despachado nueve ovejas. No las comían, las dejaban tiradas, con la panza desgarrada, los ojos de vidrio. La madre le enseña a la cría a cazar.
Noche de luna, sin viento. Volverían. Debía buscar al leonero.
Ovidio ensilla lento, no le gusta dejar solo el rancho. Hace semanas que huele a trampa. La nariz grande, ganchuda. El olfato rara vez le falla. Había traído a la niña para la limpieza. Pero ahora había crecido. Erguida como el pasto al que aún no dobló ningún viento.
En el Ramos Generales se le rieron cuando preguntó por el leonero.
-- ¿Le anda rondando un puma, Ovidio?
En el brillo del viejo vio el reflejo de la lujuria de todos. Ya se quisieran esos. Volvió al rancho lento, sigiloso. El caballo del leonero estaba atado a su palenque. Ojos que ven corazón que confirma. Sin apearse volteó hacia el corral. La noche se avecinaba, no podía perder más ovejas.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Doscientas palabras

Plaga

En un lejano suburbio de una ciudad tan gris como cualquier otra un gato rascaba su lomo. Aburrido de tanto ratón. La huelga de los recolectores de residuos llevaba tres semanas. En las veredas había más basura que gente. Y ratones felíces con tanta mugre, algo empachados. Y gatos gordos. Los vecinos intentaban no asomar su nariz (o hacerlo muñidos de broche). El olor era nauseabundo. Encerrados en sus casas o en sus trabajos, cada uno seguía con atención las noticias.
La mañana del sábado amaneció soleada pero nadie se alegró. El sol calentaría los residuos y el hedor sería aún más insoportable. Algunos subieron el volúmen de sus televisores en un intento desesperado por tapar olor con ruído. Entonces se escuchó la voz del intendente que salía al unísono por todos los televisores. Un par de acordes habían anticipado su participación en el noticiero central. Cada vecino de la ciudad se detuvo a escucharlo. El silencio era tal que se oía hasta el roer de los ratones.
"Queridos vecinos, interrumpo esta transmisión para informarles que a partir del día de la fecha..." Entonces, un ratón apenas mas grande que los otros se comió el último tramo del tendido eléctrico.  

martes, 11 de noviembre de 2014

Doscientas palabras diarias

Ritual

El vidrio se le había incrustado en el pie. En el campito del fondo. Más que campito, terreno baldío. Estaba lleno de terrenos baldíos. Uno en cada cuadra. Al menos un par por barrio.
-¿Se acuerda de los terrenos baldíos?
No responde. No se acordará. Que cosa querrá decir baldío. Terreno baldío lo que me vengo a acordar. Yuyo hecho árbol. A la que te criaste. Lujuria salvaje, todos contra todos. La goma de auto macetero de enredadera de campanillas naranjas. La palmera de bananas incomibles asomando por la ventana sin techo. Montañas de escombros con hierros retorcidos. Bajando un bosquecito de cañas. Alguna lagartija, viboritas verdes y blancas. Orina, basura en descomposición, un volante de auto. Botellas vacías. Puntería contra el tanque. Los vidrios volaban. Me atravesó la zapatilla. Flecha, blanca. Suela fina. La vieja casi infarta. Ocho puntos. Gordos. Te cosían así en medio del grito. La cicatriz de por vida. Si me habrá servido de tema. El cuerpo desnudo, mojado, vacío. Tenés que hablar de lo que sea. Como ahora, con usted, señorita. Que aunque no me hable yo le estoy tan agradecido de que me limpie el envase para que se luzca mejor en el cajón.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Doscientas palabras diarias - invierno

Si llegaras en este instante te perdonaría. Todo. La llegada tarde de hoy y las ausencias de este ultimo tiempo. Entrarías apurado, bamboleando el cuerpo, con el impulso de la corrida. Mirarías hacia aquí. No buscarías. Sabrías donde estoy. Donde siempre, junto a la ventana. Tercera mesa, la de la calle. Vendrías con la camisa arremangada, acalorado por el apuro, sin notar el frío. El invierno se nos vino encima, querido, no sé si lo notaste.
Si entraras en este mismo momento te recordaría tus promesas. Frunciría el ceño evitando sonreír. Oiría tus explicaciones, retrasaría el beso. Disfrutaría de tu confusión. Permitiría que toques mis dedos, luego los apartaría firme ante tu avance. Gata que acecha caza ratón. Bajarías la cabeza rendido. Te dejaría creerte perdido. Podría incluso secar una lágrima en el pliegue de tu ojo derecho. Bajaría el dedo por tu mejilla helada, te reprendería por tu descuido. Como si la falta de abrigo en este temprano día invernal fuera lo más grave que nos hubiera pasado. Apuraría el café, pediría la cuenta, te pondría mi campera sobre los hombros y te sacaría corriendo de aquí.
Si hubiera podido estar atenta, amor, la muerte no te habría llevado.

martes, 4 de noviembre de 2014

Doscientas palabras - Vicedirectora


Un murmullo en su oreja. Ni el zumbido de una mosca. O mosquito, que para el caso hubiera sido igual o semejante. Intentó recordar los ejercicios practicados en el sillón de la terapeuta. No debía perder la concentración. Tenía toda la fortaleza y autoridad necesarias como para desarrollar su tarea con dignidad. Todavía ni había llegado al punto álgido que habían subrayado con la Doctora Benítez, cuando tenía que levantar levemente la voz con un dejo de emoción, pero también con la firmeza que su cargo exigía. A la rubia la tenía más vista. A la otra no lograba recordarla. Madres, peores que sus hijos. De qué se reirían. Antes hubiera sido más fácil, la mayor difícultad habrían sido los alumnos de la última fila. Se palpó la ropa sin dejar de leer. La petaca estaba en su lugar. ¿Olerían algo? Había tenido que dejar la pastilla de menta sobre su escritorio. Menta con eucalipto. Por dónde iba. La parra ya estaba. Doña Paulina también. Dónde. El murmullo crecía. Mutaba se apoderaba de ella, de su aliento, de su discurso y hasta de Sarmiento. No podía, la Doctora Benítez entendería. Guardó las hojas en su bolsillo y corrió al baño.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Doscientas palabras - Historia

Inspira. Algunas prometen verde, otras sólo la muerte. Si no puedes olerla no podrás anticiparte. Desármala un poco con tus deditos. Verás que es como un algodón dócil. Como cuando aprietas el cuello de un pollito. ¿Ves? Allí están las semillas. No todas son lo que prometen.
Algodón hoy, pura espina mañana. Como la gente. Te traen al mundo entre algodones. Que no te lastimes.
No te quedes mirándome. Elige tu pompón. Debes emplear tu intuición. Sólo uno guarda vida. Los demás muerte. Así me gusta mi chiquita, toda decisión. ¿Por qué dejar de lado el otro? Ese. El que repite a la nube que nos ensombrece. Allá debajo de la manguera. Atrapado por el absurdo. ¿Quién necesita una manguera con toda el agua que pasea el río? Levántala con cuidado. Ahora tienes un pomponcito arrebatado en tu mano derecha y una nube prometedora en la izquierda. ¿Cuál preferís? La nube. Al lado del corazón.
Desecha el otro. Cava tu pozo. Con la mano. Aquí, a la orilla la tierra está más blanda. Hunde tus dedos. No hay dolor en la tierra. ¿Te da asco? Es sólo una semilla. Negruzca. Huele. Cada semilla guarda el olor de su propia historia.