viernes, 22 de marzo de 2013

Microcuento por la identidad (www.cuentosymas.com.ar)

Ausencia



Hace 37 años que espero el rasguño torpe de su llave en la cerradura. ¿Por qué jamás supo abrir la puerta en silencio?

Bibiana Ricciardi

miércoles, 20 de marzo de 2013

Usted está aquí – Km -1,70




 Después de un prolongado silencio comenzó a toser. Sin mucho entusiasmo, una tosecita seca. Para meter ruido nomás. El eco le devolvió su pobre y mustio sonido impoluto. El carraspeo no parecía haber chocado ni con una silla siquiera. ¿Estaba en un espacio vacío?¿Qué tan vacío podía estar un espacio?
Extendió una mano hacia atrás, palpó el aire a su alrededor. Nada. Hubiera jurado que aunque sea habría una pared. Algo dónde apoyarse. Dio un paso breve hacia atrás. Los límites de los espacios suelen estar hacia atrás. Sus zapatos de goma ni siquiera rozaron el suelo. Tampoco había abajo. El vacío era extenso. Profundo. Pensó que entraría en pánico si no lograba saber dónde estaba. En qué parte de sí misma había logrado sumergirse esta vez.  Imaginó uno de esos mapas para guiarse en las ciudades. Esos que indican “Usted está aquí” y marcan con un círculo rojo un espacio diminuto en un crucigrama de calles. Una afirmación potente, capaz de devolverle la tranquilidad hasta al más exigente de los transeúntes. Ahora la fórmula se invertía: “¿Dónde está usted?”. Sin líneas, ni círculos no hay mapa posible.
 Intentó percibir su propio pulso, la textura de sus entrañas. El olor de los fluidos circulando dentro suyo. El rumor de la sangre inundando sus venas. Nada. No había nada. No había forma de guiarse dentro de uno mismo. ¿Qué hacer? ¿Qué podía hacer una consigo misma? Ante todo activar el instinto de supervivencia: Aceptar con resignación el vacío interior, y evitar exponerse ante una pantalla en blanco.

Bibiana Ricciardi

miércoles, 6 de marzo de 2013

Proyecto “Usted está aquí” – Km 0



Km 0 - Roseti y Tronador, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

Soy de las que tienen las cosas claras. Cada cosa por su nombre. Por ejemplo esto que escribo aquí. Si, esto. Esto mismo que usted está leyendo. Esto que aún no tiene nombre. ¿Cómo podría llamarlo si aún no tiene forma? Lo que digo: cada cosa por su nombre. Al pan, pan. Y a la descripción del pan, texto. Puedo nombrar hasta el tipo de olor que despide la hogaza recién horneada. Su textura, su color. Puedo utilizar decenas de vocablos para describir al detalle dicho ente. El problema no es de amplitud de vocabulario. Las palabras por suerte abundan, pero no pueden reemplazar al pan. "Esto no es una pipa". (Esto que acabo de entrecomillar no es Magritte. Es sólo una cita.) Por eso, volviendo a lo mío, "esto" que está tomando forma textual no es un relato personal. Ni siquiera una reflexión autobiográfica. ¿Por qué lo sería? ¿Porque está escrito en primera persona? ¿Porque quien afirma su convicción sobre la forma lo hace mientras relata? ¿Porque coincide la voz de la narradora con la de la protagonista? Mera coincidencia. La idea es escribir un cuento. Esto todavía no lo es, lo sé. Pero tampoco es real. Es ficción. Aunque escriba y reflexione en primera persona. Aunque yo también tenga un hijo que quiere un perro. Digo yo, la autora, no la protagonista. Ambas tenemos un hijo. O dos, en verdad. Uno mayor que el otro. Tan mayor como para poder argumentar con fuerza antes de que sea concebido su hermano. El niño (mi hijo mayor, que aún no lo era porque todavía no tenía hermanos - evitaré nombrarlo para atajar suspicacias-) quería un perro. Pero a mí (la que habla ahora soy yo misma, el personaje de ficción) jamás me gustaron los perros. Por eso argumenté que antes de tener un perro prefería tener otro hijo, ya que los bebés dan tanto trabajo como los perros. No fue una humorada. De hecho, su padre y yo concebimos así una nueva criatura. Un cachorrito. Macho, dulce y juguetón, que en cuanto creció lo suficiente pidió un perro. Mi marido y yo ya estábamos cansados y preferimos no discutir. Llegó así Atos a nuestra casa. ¿Moraleja? Nunca digas nunca. Esto no es un cuento. Es una fábula. Las fábulas no son reales. Quien me conoce (a mí, la escritora es quien escribe ahora, no la protagonista) sabe que yo jamás aceptaría un perro en mi casa. Tengo un marido y dos hijos. Pero jamás tendría un perro.

Bibiana Ricciardi