miércoles, 21 de abril de 2010

Cocina

En una cocina clásica, ordenada y bien surtida dos mujeres cocinan. O mejor dicho, la mayor cocina y la menor observa e intenta emular. Ambas son mayores aunque una es un poco mayor que la otra. Están haciendo el mismo plato en espejo. Las dos de espaldas al público.

AMELIA: (cascando con cuidado un huevo) – El huevo firme contra el borde.
Sin dudar. Con precisión. Es un corte seco.
Fernanda intenta copiar el movimiento seco.
Uno… (La mira, le agarra la mano y le muestra cómo hacer el movimiento sin dejar de hablar) Como cuando papá le corta el cogote a la gallina. Un solo golpe seco. Sin dudar.
Bien.
Otro más.
A batir. Fuerte. Más fuerte.

FERNANDA: -- ¿Así está bien, mamita?

A: -- Con fuerza. Eso.
Agarramos la carne. El martillito.
Vos dale con el puño del cuchillo.
Dejá. Agarrá vos el martillo, dame el cuchillo.
A ver si tenemos que volver a salir corriendo. Que después no podés cocinar hasta que cicatrices.
Vamos con fuerza.
Como cuando papito te da.
Eso así. La milanesa debe ser finita, finita.
Sino no rinde.

F: -- ¿Vienen mucho hoy?

A: -- Espero. Si no Papito se va enfurecer. Dice que no cocinamos bien.

F: -- ¿Yo no me puedo quedar acá?

A: -- Cuando aprendas, nena. Todavía te falta mucho.

F: -- Pero no me gusta allá…

A: -- Capricho, no. Lo que se debe hacer se hace. Y si no le digo a su Papá.

F: -- No le diga, no. Yo voy.

A: -- Ahora pasamos la carne con cuidado por el huevo, así.

F: -- Me tocan.

A: -- Y claro que te tocan. Por eso vienen. ¿Cómo no te van a tocar? El hombre toca. Si no, no es hombre.

F: -- Y comen.

A: -- Tocan y comen.

Verde Hopper

VERDE

-- No miro.
Derechita. La espalda.
No tanto. Casual.
Ahora un sorbito, despacito. Tranquila.
No es tarde.
No pueden ser más de las seis.
La puerta.
Sorbito. No.
Todavía no. ¿Si se termina?
¿Entró?
Entró.
Mira. Pasea la mirada por las mesas. Me busca. Teme que yo no haya venido. Pasa sus ojos por mí. Pero estoy tan relajada. Como si no esperara a nadie. No me ve. Él busca a una mujer ansiosa. Cree que yo estoy mirando hacia la puerta pronta a levantar la mano y decir “Aquí, mi amor. Al fin llegaste”. Pero no. Estoy serena. Mi cuerpo no espera. Ni me he sacado el tapado. Soy una mujer que entró a calentarse un poco con una taza de café.
Sorbito. Ahora sí.
Media taza. Paladeo. Sólo vine a saborear un café. Pero estoy de paso. Alguien me espera en mi casa. No me puedo detener tanto tiempo en el placer del sabor.
Placer. Disfruto. No me ve porque disfruto. Me sigue buscando. Sus ojos indagan el espacio con alarma. ¿Me habré ido? Aquí no hay ninguna mujer acechante, pronta a llorar, a recriminar. No me encuentra porque no sabe buscarme.
La puerta.
Se fue.
No miro.
Vuelve a su hogar angustiado. ¿Aliviado? Se recrimina. Una vez más la hizo esperar. ¿Le intriga saber si ella habrá estado a las cinco puntual? No. Sabe que sí.
Cinco menos cinco.
No me vio. Vino pero no me vio. Y yo no lo llamé. No lo miré. Lo dejé ir.
El café está frio.

Primera vez

En algún momento debía comenzar. Toda excusa es válida a la hora des escapar del deber.