domingo, 29 de junio de 2014

Doscientas palabras

Pesadilla


Patas de bronce, barrotes gruesos, colchón alto con profunda hendidura en el centro. Una fuerza centrífuga que devoraba a la niña y la escupía anciana. La cama era demasiado grande para cualquiera. Incluso para esa abuela obesa que la había habitado. Un barco que flotaba en el medio de la habitación de paredes verdes y espejo ovalado. Le hubiera gustado emerger pez desde las profundidades del casco, sacudir su cuerpito y expulsarse hacia afuera. Saltar por la borda, sumergirse profundo, volver a la superficie, nadar a salvo, alejarse. Pero no podía, sus aletas estaban atrapadas por el peso del acolchado de plumas. Entonces la niña imaginaba todas las noches una fauna de monstruos marinos voraces que serpenteaban debajo de su cama. Los destellos plateados a veces la despertaban en medio del sueño. Una cacería de cetáceos que se despedazaban entre sí en busca de la presa mayor, la niña de ojos cerrados hundida en el fondo de la cama de su difunta abuela. A lo lejos el espejo reflejaba la luz naranja del neón de la calle. El faro a veces barría su cara y la niña podía ver la costa. Pero la mayoría de las veces no, y naufragaba.

sábado, 28 de junio de 2014

Doscientas palabras. Serie Ready made

Corazón abierto

Ernesto me dice. Por eso te digo. El dice que si no tenés la plata podés firmar un pagaré. Cuándo se venda la casa de mamá se efectiviza. Si es que no tenés plata. Que no tenés. No se para qué te compraste el auto. Vos también. Yo por mi ni te decía. Ernesto en cuanto vio el auto dijo. A mí me tiene harta. Se queja todo el día. Que ya no voy a bancar más a tu mamá. Pobre vieja resiste. Y va a resistir también la operación. ¿Será a corazón abierto? No me animé a preguntar. Es que tal vez se muera en la operación, o que seguro se muera en unos meses. Pobre vieja. Me tiene harta Ernesto. Me grita todo el día, llega a cualquier hora. Si me rompés las pelotas un día de estos me mando a mudar. No se va más. Todo el día mandando mensajitos con el teléfono. Se llega a ir y me traigo a mamá a casa. Y ahí si vendemos la casa y nos dividimos la plata ente vos y yo. A Ernesto lo dejamos afuera. Si vive, claro. Y si muere también. Pobre vieja. ¿Vos, tus cosas bien?

miércoles, 18 de junio de 2014

Doscientas palabras

Terremoto

El temblor comenzó suave como ronroneo de gata. Si no hubiera sido así ella habría atinado a salvar lo indispensable. La sopera de bordes dorados del casamiento de sus padres; el espejo de carey; el título de abogada, enmarcado en fino roble; la foto de su primera comunión; la lapicera con la que su padre firmaba las escrituras; los dientes postizos de la madre, guardados en el mismo estuche plástico en el que la señora los pusiera segundos antes de expirar; la alianza sin uso; la bolsa de agua caliente de la abuela; la tarjeta de invitación amarillenta, la única que se permitió guardar; la lecherita diminuta, única sobreviviente del juego de porcelana familiar; el lazo celeste con el que había atado las cartas que rompió en mil pedazos; el camino tejido a crochet, único vestigio de su entrenamiento infantil;  el rizador de bucles; la pava silbadora. Prefería no pensar. Mejor no enumerar las pérdidas. La gata. Tampoco salvó a la gata. Los escombros se apilaban humeantes, los vecinos lloraban, los perros aullaban. Alguien gritó. Por suerte había aparecido un animal con vida entre los bloques inservibles. Elvira, consciente de que los gatos suelen tener varias vidas, se alejó apurada.

sábado, 14 de junio de 2014

Doscientas palabras



El jardín de Shakespeare

La movilidad de su cuerpo se ha ido limitando con el rigor del invierno. De cada uno de ellos. Cuando la suma de los inviernos vividos llena varias decenas, la dureza se prolonga hasta la primavera. No hay modo de ablandar los huesos o fortalecer los músculos, tieso lo que debiera flexionar, flojo lo tendría que sostener. No es que fuera mucho, siempre había sido delgado y el último tiempo se había acostumbrado a una sola comida diaria. Podría hacer como los otros. Cerca del parque había un centro de alimentación para personas sin casa. Pero no se sentía cómodo con aquello. Su casa era el parque. No todo el parque con sus hectáreas de árboles, lagos y bosque, su lugar era una pequeña fracción donde tenía su banco, su jardín, su trabajo. No remunerado, por cierto, pero quién necesita ser compensado con dinero cuando el empleador es el mismo Shakespeare. El dramaturgo se le había presentado una noche tibia de primavera. Una de las primeras que pasó en el banco junto al rosal. Alguien había robado una de sus rosas blancas, él prometió que jamás volvería a suceder. Pero cada vez le estaba costando más cumplir con la promesa.

miércoles, 4 de junio de 2014

Doscientas palabras

Día 121
Miércoles 4-6-14

Earl grey

El vapor huía de su taza sin que pudiera verlo, los ojos nublados de té vigilaban el cielo, inventaban constelaciones posibles. Las agujas de su reloj giraban en sentido inverso, la Cruz del Sur señalaba el norte. Un tren rugía su intermitencia pendular, reloj de arena. Si pudiera atraparlo. Plantarse en las vías, las piernas separadas, extender la mano derecha y detener la locomotora. El maquinista sorprendido la vería treparse, no atinaría a reaccionar. Se sabría cómplice, no le quedaría otra opción que entregarse. Jinete del tiempo que cabalga las distancias confundiendo almas incautas. ¿Quién es el reo, el caballo o la montura? El hombre le cedería su asiento, compartiría su culpa cansado de lidiar con los caprichos de la máquina infernal.
Ella se sentaría al frente de la formación. Haría rugir el motor pero no le permitiría avanzar. Tal vez se atrevería incluso a hacer sonar la sirena. Si es que la tuviera. Los barcos tienen. ¿Qué diferencia había entre un barco y un tren? Millas, minutos, kilómetros que medían meses. La única manera de controlar el tiempo era frenar el movimiento. El pensamiento entibió su alma. Entonces retiró el saquito de té de su taza y se lo tomó frío.