jueves, 25 de febrero de 2016

Cumbre

Trepa. El cuerpo inclinado, la boca fruncida, los dientes apretados, la frente en alto.  Ruge el viento enojado. Crecen alas entre los rulos del intruso, el viento le sopla una arena pesada que frena el vuelo. Pero el pequeño no se detiene. Entrecierra los ojos. Hunde sus pies hasta la rodilla, el médano tibio se abre como si se dejara. Late, acecha. Ríe un silbido ronco. El chico lo oye y se detiene. Corcovea una forma imposible, el chico aplaude. Trepa la pared con manos y pies. La cara contra la arena que le susurra un murmullo imperceptible. Una cadencia monocorde en idioma desconocido. Es la clave secreta. El chico estira sus oídos, retuerce sus orejas. Sueña con un diccionario que reúna todos los sonidos que el viento puede arrancar. Un rugido gutural lo estremece. Ahora se ha enojado. El chico se sienta. Da la espalda a la cuesta. Sus ojos buscan ayuda en la orilla lejana.
El sol detiene su descenso sopla sombras cavernosas en la ladera. El chico sujeta sus rulos con una mano, con la otra en visera busca abajo, a la orilla. Desde allí el mar es un charco. No puede espejar al médano que intenta montar. En el borde, pequeños, agachados, el hermano mayor y el padre se desesperan ajustando el gancho con el que intentarán robarse un pez. Dos cabezas, tres cañas. La suya quieta, abandonada, esperando al niño que ha salido a cazar.
El viento contiene el aliento, espera al sol que mira al niño, que escudriña al mar. Un canto suave rueda barranco abajo, gira círculos de arena espesa, llama al niño, reprime al sol. Continúa su marcha el astro, desciende su luz oblicua que ilumina los pies del niño que a vuelto a trepar. El viento acecha en la cima, no lo quiere asustar.



martes, 24 de noviembre de 2015

Gracias Aurora



Las bobitas

Nela, Nela, Nelita…
¡Nela! Nelota. ¿Nela?
No te hagas.
Pensame lo que pienso. Sé que me escuchás. Me oís. Me pensás.
Te oí pensarme. Me estás pensando. Yo sé que me entendés. Pensé que me estabas pensando. Vos me pensás porque yo te pienso a vos. Es así. Si no te pensara, ni siquiera podrías empezar a pensar. ¿Existirías? No sé. Probablemente sí. A veces huelo cosas que jamás pensé que existieran. Sin embargo están allí. No necesitan que yo las piense. Como tía Marita. No necesita. Vos sí. Me necesitás para poder pensar. ¿Te molesta? ¿Lo preferís al revés?
Es lo mismo. Quién piensa a quién es lo mismo. No cambia nada. La cuestión es pensarse. Mutuamente. La una a la otra. Porque si no… Pobrecita mi hermanita. Medio bobita. Ella quiere pensar primero. Muy bien, no hay problema. Vos primero: Yo te pienso porque vos me pensás a mí. ¿Sí? No. No te gustó. ¿Lo de bobita te molesta? Cada una con lo que es. Lo que se ve. Es lo mismo. Una forma de decir. Lo que se ve con la cabeza. Cada una con lo que se piensa. No sé qué se ve, pero lo pienso. Para mí lo que se ve es lo que yo pienso que se ve. Y lo que vos pensás que se ve. Porque también puedo pensarte. Pensar tu pensamiento. Ahí dice, sí. Mucho dice. Las dos decimos. Mucho decimos. Pensamos mucho. Hasta que el pensamiento se cansa y se apaga. No me gusta que te apagues. Nos apagamos rápido porque somos bobitas. Así sabemos que somos bobitas. Es una suerte ser bobitas. Eso lo pienso solita parece. ¿Vos no? Tenemos que pensarnos bobitas para seguir siendo bobitas. Vos más. ¿Ves? Eso lo pensé porque soy menos bobita. Por eso sé que tía Marita sabe.
Todo sabe. Pienso que sabe todo, pero no puedo pensarla a ella. Vos tampoco. No lo intentes. No gastes pensamiento. No te canses. No podemos pensarla porque ella no nos piensa a nosotras. Dejá de pensar en eso, Nela. Me asusta que gastes pensamiento en cualquier cosa. Mirá si se te acaba. Me quedo solita. Pensando nada. Desaparezco. Pensemos juntas, está bien. Me retracto. Cambio el orden. Vos pensás y yo repito tu pensamiento. ¿Querés? Trato de pensarlo igual que vos así te gusta más. Caprichosa.
Dale. Nela, dale. Decilo.
Bueno, pensalo.
Vos me pensás porque yo te pienso a vos.
Tampoco. Pensalo y yo te sigo: “nosotras nos pensamos porque nos estamos pensando”. ¿Sí? ¿Está bien? ¡Lo dije!
¡Es lo mismo! Decir es como pensar. No sé cómo es para la gente. ¿Qué es la gente? ¿Cuál? ¿Tía Marita? No me gusta la gente. Sé lo que es gente. Gente es lo que no es bobita. Nosotras no. Tía Marita, sí.
No pensé eso. No lo pienses. Por favor, me da miedo. Sí me gusta tía. La gente es la que no me gusta. Yo no dije que no me gustaba tía. No tiene nada que ver. Querés pelearme. Pienso que tía Marita es gente. Por supuesto. ¿Qué va a ser si no? Y no, no me gusta la gente. No conocemos otra gente, Nela. No podemos pensarlo porque ni nos piensan, ni los pensamos. Entiendo. Si la única gente es tía Marita, y yo pienso que no me gusta la gente, entonces es como pensar que no me gusta ella. Puede ser. Hay bobitas, hay gente que no conocemos, y hay tías. Lo que no me gusta a mí es la gente. No las tías. Las tías sí me gustan. Pero lejos. Sos tan bobita que me hacés confundir. No pensemos a tía Marita. ¿Dale? Hacé fuerza. Dale.
(Silencio)
La estás pensando. No lo hagas. Necesito ver si funciona. No la pensamos y desaparece. Pero vos la estás pensando. A ella, sí. ¿No podés dejar de pensarla? Yo sí puedo. Pero no sé si vos podés. No me gusta cuando te toca. No puedo dejar de pensar lo que pensás. Si fueras menos egoísta dejarías de pensarme. Así no siento la humedad. Babosa. Se retuerce por tu cuerpito. Más te toca, más se moja. Entonces huelo. Aunque no pienses. El olor se huele independientemente del pensamiento. La gente huele. No me gusta. Nosotras no olemos. No tenemos líquido, por eso no olemos. Por adentro huelen. Lo sé porque el olor sale de los fluidos que desprenden. Nosotras no tenemos. Pis y caca no son fluidos. No son feos. Yo los pienso ricos. Tu pis y tu caca. O la mía. A ella en cambio se le desprende esa baba. Saliva arriba y gelatina por abajo. Cuando te toca. Y te deja toda llena de sus fluidos. Si no la pensamos tal vez. Pienso que huelo. ¿O huelo lo que vos le olés? ¿Si dejamos de pensar el olor? ¿Me olés cuando te huelo?
No olemos. Las bobitas no olemos.
Las tías huelen. Un olor inmenso. Más olor que gente. Que tía. La gente huele. No me gusta el olor. El olor tapa el pensamiento. No te escucho cuando huelo. El olor tapa el pensamiento. El tuyo, Nela. ¿Cuál va a ser? Las tías no piensan. O sí, pero no las oímos porque no nos piensan a nosotras. Solo nos babean. Te babosea. Te toca. Vos pensás feo, oscuro. Me asusto.
Mentira. Callate. Te voy a dejar de pensar. Si no dejás de pensar eso te apago. No es amenaza, es de verdad. Basta. Callate. No estoy celosa. A mí no me gusta que toque. A vos tampoco. Yo te escucho. A ella sí. Toda derretida. Nosotras no.
Huelo. ¿Olés? Nela, tía Marita. ¿Olés? No la olés porque sos más bobita que yo. No la pensemos. Que se vaya. Huele fuerte. ¿Te toca? Nela, no me hagas esto que me asusto. ¡Tengo miedo, Nelita!
¿Nela? Nela. No. De nuevo, no. Soy tu hermana, Nelita. No me hagas esto. ¡Nela! Te ordeno que me pienses. No me apagues. No puedo pensarte. No la pienses a ella. Pensame a mí. Las bobitas solo podemos pensar en una cosa. No dejes de pensarme. Concentrate en mí. No te oigo. Más fuerte. Escucho algo débil. Un murmullo de pensamiento. Bajito. Levantalo. Ahí está. ¿Sos vos?
¡No sos vos!
Es tía Marita.
Me piensa. No quiero que me piense, Nela. Tengo miedo. Huele feo. Pensá que no me piensa, ayudame. Me moja. Sacámela. Nela, bobita. Estás pensándome con tía Marita. No seas gente. Yo soy vos. Somos bobitas. Me estás pensando con ella, Nela. No me traiciones. Si la dejamos de pensar juntas desaparece. Las dos juntas. Ahora. Cuento tres. A la una, a las dos y a las tres. Me moja más. Me refriega sus fluidos. Huele horrible. Ayudame. Yo te iba a ayudar. Te dije que no la pensáramos. Soy tu hermana. No me hagas esto. Yo quería salvarte. Por vos, sí. Y por mí también. No quería olerla más. Me duele. Me está masticando. Muerde mis pedazos, Nela. Desgarra mi carne. Me tritura.
¡Nela!
¿Vos lo estás pensando? Pensame sin ella. ¿Dónde estás? No me dejes de pensar. Te alejás. No puedo pensarte. No te oigo. No te pienso. No me pienso. Me traga. Pensame, bobita. ¡Pensame que desaparezco adentro suyo! Pienso que la baba son las bobitas que se comió. No quiero ser baba de tía Marita. ¿Cómo podés pensar cosas tan horrorosas? Yo no estaba celosa. Te quería para mí. Vos sos yo. ¡Pensame! Si no me pensás desaparecemos las dos. Me duele.
¡Alguien que me piense, por favor!

lunes, 9 de noviembre de 2015

Oda irreverente

Oda a la irreverencia

Puedo subir una montaña.
Puedo silbar temprano con la boca seca.
Puedo coserte un botón.
Oda a la irreverencia

Puedo subir una montaña.
Puedo silbar temprano con la boca seca.
Puedo coserte un botón.
Pelar una montaña de papas
mientras bailo un chamamé
Puedo reír.
Puedo desaparecer
así,
en un abrir y cerrar.
Puedo lavar tus platos,
regar tus flores.
Puedo pensar los versos
que jamás te voy a decir.
Puedo pintar al óleo
el vuelo del  tiburón.
Puedo soñar que sueño
lo que soñás.
Puedo remontar un río seco,
sumergirme en el lecho,
chapotear en el barro,
fingir que es agua cristalina
el negro lodazal.
Remar con las manos desnudas,
abrir en dos con los dientes
a la más brava de las esdrújulas.
Puedo.
Si quiero puedo todo.
Casi todo.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Serie arbórea - 200 palabras


Orín

Pienso en el camino descendente que hace el orín al bajar. Rebota contra la corteza. Algunas gotas escapan. Otras aceptan el orden superior. Se unen a la manada, caen. Buscan su cauce sobre la superficie romboidal. La cantidad de líquido que alcanza la base es menor que la vertida. La madera absorbe voraz lo poco que le permite el descenso vertiginoso. El resto no llega a charco. La tierra se lo devora antes.
El patio de mis recuerdos siempre está polvoriento. Meo parado, de espaldas a la casa, de frente al árbol, casi pegado al tronco. El pantalón caído sobre las piernas. Si mamá se asomara podría verme. No se sorprendería. Ella me enseñó a regar el árbol cada vez que el baño estaba ocupado. Sucedía seguido. La casa había quedado chica mucho antes de que mamá terminara de parir.
Desde el borde de la galería, de espaldas a la casa, desabotono mi bragueta. El pis demora en salir. Nadie podría verme, la casa fue evacuada. Un chorro tenue asoma, cae sobre el agua que llega ahora hasta el borde de las lajas. Contribuyo con mi grano de arena mientras miro el eco de la copa de mi árbol ahogado.

Bibiana Ricciardi

martes, 18 de agosto de 2015

Serie arobórea - 200 palabras

Pino florecido

De lejos parecía florecido. Como si el pino pudiera tener flor. La patrona no decía nada. Como si no supiera que el pino no florece. Cada primavera mas verde intenso y rosa fucsia. Con el invierno afloraba la verdad. La enredadera perdía su disfraz y al pobre pino apenas si le quedaban unas pocas agujas amarillentas para cubrir la desvergüenza de los dos. Una tarde juntó coraje y le dijo. La mujer se le rió en la cara. Como si fueras a separar a la gata cuando se queja porque el gato la monta. Bajó la cabeza. La señora no debía hablar así, era incómodo. Además no era lo mismo. El pino era hombre no va a andar sacándose a la hembra de encima. Pero se estaba muriendo, había que ayudarlo.
Esa primavera el jardín había explotado. A veces pasaba. Las ramas de la enredadera caían en cascada desde la cima del pino hasta el piso formando un útero sedoso. El jardinero buscaba a la patrona que lo llamaba desde el fondo, no lograba ver desde donde. Ella tenía las uñas pintadas de rosa fucsia, él demoró unos segundos en ver el dedo que lo interpelaba entre las lianas florecidas.

Bibiana Ricciardi

viernes, 14 de agosto de 2015

Serie arbórea - 200 palabras


Salicaceae

¿Cuántos días tiene agosto? Treinta y uno. El calendario que le entregó el carnicero está en la heladera. Este año los hizo imantados. No necesita levantarse. Viernes veintiocho. Quedan tres días. Puede descansar un poco más. No mucho. A su edad no se debe descansar mucho. Cierra los ojos, flexiona las piernas. Posición fetal. Todo lo fetal que se puede ser a los ochenta y dos. Vuelta al mundo. Vida bumerang. Aunque el viejo tiene una ventaja por sobre el niño, no debe pedir permiso.
Los días de humedad se escucha algo parecido al arrastrar los pies de su madre. Por el pasillo que va a la cocina. Su voz aguda gritándole que se baje del álamo. Te vas a romper una pierna. Tiene las ramas finas. Qué se iba a imaginar pobre vieja que el árbol duraría más que ella. Más que todos. Justo antes de dormirse se le ocurrió que le pediría a su hija que cuando muera lo entierre abajo del álamo. Un trueno sacudió la tarde. Se sentó en la cama. La tormenta de Santa Rosa cómo pudo olvidarlo. Así el árbol no aguantaría hasta el final. Llegaría septiembre. Los meses con erre no hay poda.

Bibiana Ricciardi

jueves, 13 de agosto de 2015

Arbórea - 200 palabras - eucaliptus

Eucaliptus

Corría tan rápido como jamás soñó hacerlo. Un terreno escarpado, resbaladizo. No llevaba zapatillas adecuadas. No era una corredora todo terreno. Tenía diecisiete maratones en su haber pero todas sobre asfalto. ¿Por qué se habría dejado tentar por una carrera de esas? Tenía pocas cosas claras sobre sí misma, pero esa, la de qué tipo de corredora era, la tenía muy clara. Una corredora del llano, corría para espantar el susto interno, nada más. ¿Qué hacía corriendo como una desaforada? Se veía a sí misma como en ese juego de la Play de su hijo. Un alterego que alguien mueve en un terreno sorprendente. Su cuerpo giraba sorteando árboles. Porque ahora habían agregado a su loca carrera un bosque cerrado de eucaliptos. Podía oír el crujido de las ramas sobre su cabeza, su remera quedó enganchada en una punta. Llegaría a la meta semidesnuda pero llegaría. ¿Dónde estarían los otros? No se había cruzado con ningún competidor. El olor de los eucaliptos comenzaba a marearla. Algo presionaba su pecho, si pudiera frenar, se acostaría a descansar un rato, total ya le llevaba bastante distancia al resto. Una siesta a la sombra del eucalipto, la raíz saliente sería una buena almohada.

Bibiana Ricciardi

miércoles, 12 de agosto de 2015

Serie arbórea - 200 palabras

Pinus

Cerró el paraguas unos metros antes de la entrada.  En el hall había un paragüero, dejó los restos del suyo escondido a un costado. Se paró junto a la recepcionista.
-- Cerramos a las 17.-- dijo sin levantar los ojos. Sandra miró el reloj de la pared, eran las 16.30. La mujer también lo miró.
-- Con esta lluvia nos vamos antes.
A Sandra le hubiera gustado tener un trabajo, írse antes. Juntó coraje.
-- Tengo mi turno.
La recepcionista atendió un llamado telefónico.
-- Si no hago el test no me van a contratar.
La mujer sonrió, tapó el tubo y dijo que la psicóloga había sido la primera en írse.
-- Vive lejos. Caen dos gotas y sale corriendo.
En la punta del escritorio asomaban unos formularios. Sandra se acercó con disimulo, separó uno y se fue sin saludar. No se detuvo ni a levantar el paraguas. Cruzó corriendo bajo la lluvia al bar y se pidió un café. "En esta hoja dibuje un árbol, una casa y una persona". Sacó un lápiz y dedicó el resto de la tarde a dibujar un pino. Uno alto, más alto que la casa de su infancia. Uno que golpeaba su ventana las noches de tormenta.

Bibiana Ricciardi

martes, 11 de agosto de 2015

Serie arbórea - 200 palabras

Arecaceae

Se tapó los ojos. El sol rajaba el patio. A la sombra de la palmera Pigu cerraba su campaña. Selena no lo oía, solo miraba cómo le caía ese mechón. El hermano de Selena lo detestaba. Pero ganaría las elecciones, en el colegio había mayoría de mujeres. Pigu exigiría que se levantaran las baldosas, que se sembrara pasto, que se plantaran mas árboles. Quién había dicho que se estudiaba mejor lejos del verde. El suyo era el movimiento verde, justamente. Por eso hablaba junto a la palmera, el único elemento verde del patio. Los de la colorada en cambio repetían consignas como "Desratización ya".
-- ¡Bajate de la palmera!
Le gritaron desde las ventanas de las aulas de arriba. La campaña se había puesto agresiva. Pigu no contestó, siguió hablando como si nadie lo hubiera interrumpido. Se subió sobre las raíces nudosas, reclinó su cuerpo sobre el tronco y siguió hablando protegido por la delgada sombra de la palmera.
-- ¡Bájese de ahí!
El preceptor gritó que estaba prohibido acercarse a la palmera porque estaba infectada de ratas. Entonces una rata se desprendió de una rama y cayó sobre el mechón verde que Pigu se había levantado con tanto esmero esa mañana.

Bibiana Ricciardi