Aire
de Bibiana Ricciardi
diciembre 2013
La noche anterior al debut Analía no durmió. Dormitó, se retorció en la cama, imaginó que soñaba, escuchó su voz en la, en mi y en sol, pero no durmió. Por momentos casi se convenció de estar dormida. El cuerpo inmóvil por horas y las imágenes rebotando en su cráneo no podían ser sueño. Las ojeras matutinas confirmaron la sospecha: El espejismo no había alcanzado.
Abrió la canilla y dejó escapar el chorro entre sus dedos hasta que lo sintió helado. Juntó agua entre sus manos y la derramó en sus ojos. Sin volver a mirarse se lavó los dientes, enjuagó su boca, y tragó el último poquito de agua mezclada con pasta de dientes. El oler nada tiene que ver con el oír, sin embargo ella misma había comprobado cuan mal sonaba su compañera cuando no lograba evitar las milanesas con ajo que le preparaba su madre.
-- Es solo una muestra de canto.
La voz de la mamá de Analía sonaba cansada. Si su hija no se hubiera levantado tan temprano podría haber dormido más. Los sábados eran su día de descanso. Amaba a su niña pero sobre fin de año el amor se escondía. Tanto cierre le cerraba el corazón, la volvía impermeable. No podía recordar su propia emoción. Ni quería. El corazón pétreo la había ayudado a sobrevivir. A los golpes, al miedo, al silencio. La música de su recuerdo era disonante. Por eso ella misma se ocupó personalmente de la banda sonora de su hija, le llenó los oídos de acordes cálidos.
Minutos antes de la presentación el aire era escaso. Los ventiladores parecían adorno. En ese lugar se privilegiaba el sonido, no el aire. El espacio reducido del aula de canto no ayudaba. Una señora sacaba fotos con el teléfono. Su cuerpo grueso se paseaba entre las sillas plásticas con destreza. Desde el escenario su hija, objeto de aquellas fotografías, no lograba conciliar el arcoiris de colores de su cara. Analía, a su lado la sostenía con la mirada. Juntas dieron un paso al frente, giraron su cuerpo esperando la señal del docente, y cantaron a dos voces con dolorosa concentración.
En el banquito que le había tocado en suerte la madre de Analía carraspeó suave. Alguna cosa molesta se le atoraba en la garganta, no la dejaba respirar. Se veía dulce su niña, sonaba bien. Su voz era suave pero entonada, los ojos le brillaban. Inspiraba aire y expiraba una melodía arrulladora. Ella, en cambio, inspiraba en vano. Su corazón se aceleraba, el estómago se le contraía. Intentaba pero no podía. Se imaginó ahogada antes de que terminara la canción inaugural. Concentrada en respirar se entregó a las voces como sí fueran un tubo de oxígeno. Las pequeñas concluyeron la canción, la señora de las fotos aplaudió de pie, el resto acompañó bostezando. Cada uno iba a ver a su propio vástago, no al ajeno. Todavía sin lograr inhalar aplaudió quedo, y pensó en salir un rato, hasta que su hija volviera a cantar.
Pero tras el aplauso a desgano, la niña multicolor retrocedió un paso y dejó a Analía sola en el frente. No habría forma de ganar la calle. La inmersión continuaba. Creyendo morir ahogada vio a su pequeña cantante abrir la boca para inspirar, al mismo tiempo que el pianista marcaba el primer acorde. Un reflejo la llevó a imitar el gesto, y duplicó el esfuerzo. Intento vano, su garganta era una piedra por la que no pasaba aire alguno. La vocecita de Analía subió suave, imperceptible, perseguida por el piano, doblegada por la mirada del docente, sostenida por el aliento ajeno. Cantaba con su propia voz y con el aire de su madre, que se retorcía en la platea. La melodía levaba, sostenía la impaciencia de su auditorio, quebraba, laceraba, multiplicaba la fuerza de la niña que pulió la piedra que atragantaba a su madre. La mujer por fin pudo entonces respirar un aire tan líquido como salado.
martes, 10 de diciembre de 2013
viernes, 18 de octubre de 2013
Ríoplatensas TV - Capítulo 1
Nuestro ciclo de monólogos breves insparados en mujeres del Río de la Plata, se estrenó en la pantalla de Canal (á) y alguien tuvo la amabilidad de piratearlo y subirlo a internet.
Aquí el capítulo 1: Trinidad Guevara (protagonizado por Cristina Banegas y escrito por quien te habla)
http://www.youtube.com/watch?v=uRl_hx5do_A
Aquí el capítulo 1: Trinidad Guevara (protagonizado por Cristina Banegas y escrito por quien te habla)
http://www.youtube.com/watch?v=uRl_hx5do_A
Rioplatensas TV
La versión televisiva de nuestros ciclos de monólogos inspirados a partir de la vida y / u obra de mujeres del Río de la Plata.
Aquí: Juana Manso (protagonizado por Cristina Banegas)
http://www.youtube.com/watch?v=opUg653fECk
Aquí: Juana Manso (protagonizado por Cristina Banegas)
http://www.youtube.com/watch?v=opUg653fECk
Rioplatensas TV
Un ciclo de tele con monólogos teatrales escritos por la Compañía Rioplatensa. (Aldana Cal, Carla Maliandi y Bibiana Ricciardi)
http://www.youtube.com/watch? v=9vZK10k7GyU
http://www.youtube.com/watch?
jueves, 26 de septiembre de 2013
La niña del rayo
Bonita, te traje un tapercito. Milanesas con puré. No me
pongas esa cara. No se puede comer tanta fritura, te hace mal a la piel. Lo
tengo acá en el bolso, en cuanto se vaya la gente te lo paso. No me hagas
pucherito, no podemos exponernos. Acordate cómo me sacó el guardia la otra vez.
No pude volver por dos semanas. Sola en casa mordiéndome los codos,
imaginándote acá en tu cuna extrañando a mamá. Lo que habrás sufrido, mi ángel,
pensando que no volvía, que te iba a abandonar. Tu mamá nunca te va dejar. Vos
sos mi vida. Jamás nadie nos va a separar. Nadie. Jamás. Tenía que dejar pasar
tiempo para que el hombre ese se olvidara de mi cara. Por eso ahora a cuidarse
más. Nada de pasarte comida antes de que se vacíen las salas. Si me vuelve a
ver me denuncia, dijo. Pone mi foto en la boletería y no puedo entrar nunca más
a verte. ¿Me comprendés? Ellos no saben lo nuestro. Qué les vas a decir. No vale
la pena. Son guardias. Vigilantes, todos iguales. Los conozco muy bien. Con los
vigilantes no se explica. Y con los boleteros menos. Ellos venden entradas,
cuidan sus posesiones. Te imaginás que yo para su negocio represento un riesgo
inmenso. Se llega a enterar alguien de esto y se les acaba todo. Los mandan a
ustedes para otro lado y tienen que cerrar el museo. ¿O creés que alguien va a
venir acá si no fuera por vos? Para verte a vos vienen. De todo el país, de
todo el mundo. Mi nena es la estrella de este lugar. Vienen a ver tu carita de
angelito que mira al cielo iluminada para siempre por el rayo que te marcó. Ese
mismo que te señaló y me hizo saber que eras vos. La marca indeleble que nos
unió para siempre. En cuanto te vi lo supe. Tantos años deseándote.
Imaginándote. Cuando una está encerrada tiene mucho tiempo para pensar. ¿No es
cierto? En eso nos parecemos, mi alma. Las dos encerradas, privadas de nuestra
libertad. Vos acá esperándome y yo allá pensándote. Por eso, qué les vas a
explicar a estos brutos. No entienden nada. Lo único que quieren es que la gente
siga haciendo cola en la puerta para verte. A vos y a los otros chiquitos,
pobrecitos, mi alma. Porque vienen por los tres. ¿Vos creés que ven alguna
diferencia? No, olvidate. Vienen a ver cómo se les ve la muerte. Los imaginan
muertos. No entienden nada. Les da lo
mismo si estás vos, o cualquiera de ellos. A mí, no. Yo te quiero a vos. No
seas celosa, vos sos mi hija y eso no te lo saca nadie. Tu lugar en el corazón
de mamá es tuyo solo y de nadie más. Yo te elegí. Pero tus compañeritos no
tuvieron tanta suerte. La vez pasada me ilusioné viendo a un señor que me
pareció que había adoptado a la doncella. Tan preciosa ella. Venía muy seguido
el hombre. Bien, arregladito, se notaba que tenía clase, dinero. Le podía dar
un buen pasar. Pero después me empezó a llamar la atención que nunca venía la
esposa. Decí que yo sé como son los hombres. No me engañan tan fácil. Ya no.
Ahora soy madre. Te tengo ahí. Te veo, te oigo. No te puedo abrazar pero te
tengo. No te puedo llevar a casa, pero sé que estás bien. No muy bien, pero sí
bastante bien. Ya sé que estás muerta de frío, pero eso es ahora, en cuanto se
vayan todos yo lo soluciono en un santiamén. Giro la perillita y listo. Pasa
que ésta gente está obsesionada con mantener el frío. Dicen que si les cambiaran
la temperatura que tenían allá arriba ustedes se desintegrarían. No tienen ni
idea, hija. No te alarmes. Vos y yo sabemos muy bien que eso no es cierto. Si
yo todas las noches se las subo para que puedan dormir en paz y ustedes siguen
lo más bien. Falta poquito, mi alma, tenga paciencia, ya van a ir cerrando. Hoy
ha venido mucha gente por las vacaciones de invierno. El que no viene nunca más
es el degenerado ese que te estaba contando. El de la Doncella, pobrecita
chiquita. Porque es una nena. Tendrá quince años pero aún es una nena. Basta
con verle la cara. Hay que tener un cuidado. Los hombres son muy asquerosos, mi
vida. Por eso yo te insisto que no te acerques a ninguno. Por más que te
ofrezca lo que sea que te ofrezca. Al tipo aquel si yo no lo denuncio andá a
saber lo que le hacía a tu compañera. Se tocaba las partes. No quiero decirte.
Hacía cosas sucias. Fue una noche que vos te dormiste más temprano y yo me fui
a dar una vuelta por las otras salas. A veces me agarran ganas de moverme un
poco, sabés. Vos porque estás acostumbrada a quedarte quieta pero para mí no es
fácil. Me agarra un hormigueo por todo el cuerpo. Entonces me voy despacito
para que no me escuches. No te enojes, ya te dije que soy tu mamá y nada puede
cambiar jamás el amor de una madre por su hija. Ni siquiera cuando esta sea una
hija adoptada. Más aún. Mirá lo que te digo. Con mayor razón cuando se trata de
una hija adoptada. Porque yo te elegí a
vos. Ah ¿viste? Ahora sonreís. Y claro. Otra cosa es cuando viene un hombre,
seduce a una mujer, la engaña con palabras bonitas, esconde las garras para que
sus caricias sean suaves, y luego pega el zarpazo y la embaraza. ¿Te conté el
cuento de caperucita y el lobo? Te gusta. Ya te lo voy a volver a contar. Ahora
quiero terminar con esto si no me disperso y no termino de enseñarte algo muy
importante de la vida. Porque acá mi cielo si no te cuido yo quién te va a
cuidar. Porque tu familia biológica ya sabemos... Bueno, eso. La biología. Al cabo de nueve
meses la pobre mujer termina pariendo un hijo. O hija. No puede elegir nada. Ni
el sexo, ni la cara, ni las mañas. De hecho puede ser un calco mismo del mismo fulano
engañoso que de lobo se transformó en pájaro, y se sabe que pájaro que comió
voló. Y la pobre mujer se tiene que pasar toda una vida viéndole la cara a aquel
pajarón reflejada en la de su pequeño pichón que está obligada a querer. Porque
eso sí, querida. Nadie duda que las madres deben amar a sus hijos. Es
obligatorio. Aunque no lo quieras igual lo amás. Porque de lo contrario nadie
nunca te va a querer a vos. Por eso, como te explicaba, a mí eso no me pasa. Yo
amo a mi hija porque la elegí. Podría haber elegido al niño, o a la doncella.
Te dejan adoptar adolescentes también. Si no mirá al degenerado ese que
simulaba adoptarla. Yo misma lo vi con mi propios ojos. Se tocaba. Estaba todo
silencioso, yo me fui en puntitas de pie despacito a visitar a tus
compañeritos. A ver si tenían hambre, si necesitaban algo. Y cuando entré enla
sala de la doncella lo vi. Iluminado solo por la luz de las vitrinas. Me tengo que
acordar de eso también. Cómo los van a dejar toda la noche con la luz prendida
como a las gallinas. Pobrecitos. El degenerado estaba agachado, la miraba desde
abajo para ver sus partes íntimas. Estaba con toda la cosa afuera, los ojos
cerrados, la respiración agitada, un hilo de saliva le corría por el costado de
la boca abierta. Y ella pobrecita tan doncella, pero con la pollera bastante
corta. Habrás visto. Que si te fijás entre las piernas, desde abajo se le debe
ver lo suyo. No sé porqué la dejaron así vestida. Habrán pensado que allá
arriba en la montaña nadie la iba a agarrar, pero si la eligieron por su
virginidad, precisamente, deberían haberla cuidado un poco más. Claro que andá
a saber qué se iban a imaginar aquellos que estos otros los iban a traer para
acá. Pobrecita la chiquita. Y tan quietitos que se quedan ustedes. Porque ni
taparse podía. Tiene sus manitos sueltas sobre el regazo ella. No se las
taparon como a vos. Por eso yo me pregunto por qué no hace un esfuercito y se
baja un poco el vestido, se tapa. No tiene quien le enseñe, chiquita. En cambio
vos me tenés a mí. A vos no te va a pasar jamás aquello. A ella tampoco, ojo.
Por lo menos no con aquel. Pegué un alarido que saltó hasta el techo y salió
corriendo con la cosa y todo afuera. El susto le va a servir para algo, espero.
La cuestión es que no vino nunca más. Igual yo vigilo, por las dudas. Cuida
tanto a mi hija como a sus compañeritos. No eas celosa. No olvides nunca que mami
te eligió a vos y no a otra. O a otro. Ni a nadie de acá, ni de afuera. Ni a tu
hermano. Porque si hubiera vivido hubiera sido tu hermano, mi amor. Pero no te
asustes. Mami se encargó de que no tengas jamás a un hermano. La misma cara del
hijo de puta tenía ese chiquito. Endemoniado desde el vientre. Lo sentía crecer
adentro y yo ya sabía. No podía ser de otro modo. Porque el hombre cuando te
planta su simiente es para que vos lo prolongues. Como la mosca. Deja el huevo,
y se va. Total sabe que va a salir otra mosca igual. Se desparraman en cientos.
Miles. El hombre conquista, la mujer resiste. Cuando puede. Yo no pude. La
doncella tampoco. Me senté en el inodoro y salió. Sentí como si se hubiera
destapado una cañería. Hubiera querido no mirar, pero miré. Y le vi los ojos
rojos del padre. Baje la tapa, tiré la cadena y salí. A mí ese no me iba a obligar
a seguir viéndole los ojos con los que me agujereó las tripas. No iba a tener
su hijo pero podía tener otros. Eso lo aprendí sola. Nadie me lo enseñó. Porque
yo sabía que podía ser una gran madre. Por eso te elegí mi chiquita. Y mirá que
te busqué mucho. ¿eh? Una madre tiene que tener paciencia. Saber esperar al
hijo que sabe que se merece, no al que le encajan. Ya se fueron, mi amo. Por
fin estamos solas. ¿Querés comer?
Bibiana Ricciardi
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Okupa
El papel húmedo se deshacía entre sus dedos.
Blando, viscoso. El resfrío había llegado con el último frío y persistía con
fuerza primaveral. Hay una edad en la que el moco se vuelve crónico. Elena
(¿por qué siempre llamo Elena a mis personajes?) frotó el pañuelo descartable
contra su nariz enrojecida y lo volvió a guardar en el puño de su abrigo. De
joven había tenido rasgos delicados, una nariz respingada. Por lo menos eso
atestiguaban las fotos. Ahora en cambio parecía un tubérculo. Estaba vieja. Uno
de los síntomas de la ancianidad era la compulsión al recuerdo infantil. Como
si entre aquella niña lejana y esta señora mayor que se arrastraba por los
pasillos del cementerio de Chacarita, no hubiera habido grises. Su abuela
también guardaba el pañuelo con mocos en el puño. (Igual que a mía. Pero yo ni
uso. Ni de tela, ni de papel. Un rollo de papel higiénico en el escritorio, y
listo. Sueno y al tacho.) Uno chiquito, bordado, arrugado. (Mi abuela usaba los
pañuelos grandes de hombre. Se había negado a regalar las pertenencias de su
marido al enviudar. Y lo bien que había hecho, después de todo sólo ella sabía
cuánto le había costado a Primo --¡se llamaba Primo!-- ganarse el pan, trepado
a los postes de teléfono, repartiendo o reparando líneas telefónicas todo el
santo día.)
Hubiera preferido un día nublado, más acorde
con el entorno, y con su misión. No es que le molestara el sol brillando en el
mármol de los panteones, al contrario, allí se sentía mejor que en su casa. El
problema era que el calor encendía más aún su nariz y no podía dejar de
estornudar. (Hay una especie de placer reivindicativo en el estornudo suelto
sin contención ni prurito. Ese que te sacude el cuerpo desde las plantas de los
pies hasta las raíces del pelo. --La imagen es de Carla, me quedó pegada. Es el
riesgo de compartir tantas escrituras, qué va a hacer. Desde que la leí que me
pregunto por qué invertir el orden. Por qué de los pies a la cabeza y no de la
cabeza a los pies. O sea, que otro sentido infiere la imagen en ese orden. ¿Y
si fuera al revés? La cabeza entonces sería más importante. En cambio de este
modo lo que más importa es la planta del pie. Lo terrenal. Los pies en la
tierra. Y la cabeza no es la cabeza. Son las raíces del pelo. O sea que el
recorrido imaginario por el cuerpo que traza la imagen es de atravesamiento.
Parte de las plantas y sube por dentro hacia las raíces de los pelos. Se
detiene allí, sólo elige lo interno. De lo contrario continuaría hasta la punta
del pelo.-- Me gusta ver la cara de
espanto, la contorsión del otro evitando la gotita de saliva que se esparce sin
discriminar, con la fuerza expelida por la acción misma del estornudo. Fuerza
centrífuga que termina por bañarte a vos misma en tus propios fluidos
babeantes. La nariz se libera por un instante, y el pañuelito asqueroso del
puño limpia el desastre.) Como fuera Elena tenía un resfrío infernal, y el sol
no ayudaba. Había trabajado allí toda su vida, no le temía a los muertos Ni a
la muerte, pero preferiría transitar esos pasillos con algo más de salud. Le
gustaba hacer rechinar sus tacos sobre la vereda. (Entonces no es Chacarita, porque las
vereditas del Cementerio de Chacarita están todas rotas. Tenés que caminar por
las calles mismas que la atraviesan a escala, tipo diagonal de La Plata, y que
igual están casi desiertas. A no ser por algún auto que de golpe pasa a una
velocidad sorprendente.) El sonido del motor de un auto tapó unos segundos el
piar de los pájaros enfervorizados por el calor primaveral. El auto pasó tan rápido que Elena se preguntó
si el chofer pretendía ahorrarse el viaje de la cochería. Habría que
denunciarlo. Antes, cuando observaba una contravención de estas, sacaba su
libretita y anotaba el número de patente. Ya no tenía su libreta pero igual, si
no estuviera tan ocupada avisaría a sus ex colegas. Le gustaba guardar las formas. Ese espacio era
sagrado. Solía recordárselo a sus compañeros.
El olor del crematorio la trajo de nuevo al
presente. Lo único que no extrañaba de su antiguo trabajo. Una bestialidad. No
es que tuviera nada en contra de la costumbre de cremar a los muertos (¿a quién
le importa lo que le hagan a tu cuerpo cuando ya no lo habites?) el problema
era el olor. Nunca entendió por qué los vecinos no se quejaban. Si hasta ella podía olerlo con resfrío y
todo. El olor de los muertos. (Nunca
cremaron --¿por qué "cremaron" y no "quemaron"-- a ninguno
de mis muertos sin embargo tengo claro el recuerdo de la imagen del cajón
entrando a un horno gigante. Así, horizontal. De los pies a la cabeza. El fuego
atravesando el cuerpo desde la planta de los pies hasta la raíz del pelo. Ahí
sí queda clara la imagen. No necesita mencionar al pelo porque habrá
desaparecido antes que su propia raíz. Por el tema de la combustión. Un
recuerdo nítido. La boca desfigurada del horno tragándose un cajón de madera
marrón. Será imaginado. O de alguna película. Soñado, no. No podemos soñar lo
que nunca vimos. Imposible representar lo que no fue primero presentado. No
somos dueños de la imágenes que nos despiertan. De la planta del pie a la raíz
del pelo. --ene, ese o vocal. O zeta. También con zeta va tilde.-- Hasta
recuerdo haber pensado qué desperdicio, para qué queman el cajón. Aunque si te
entierran o te meten en un nicho también el cajón se desperdicia. Cuanto
envoltorio para un cuerpo putrefacto.)
Elena sabe que hasta de los más elegantes
mausoleos brota un olor hediondo. La humedad, los gusanos. No es que le
molestara, no. Vientisiete años de servicio y no faltó ni un sólo día a su
trabajo. Antes solía tener buena salud. El trabajo la mantenía sana. Sintió
burbujas gaseosas en la nariz (No siempre grave con zeta lleva tilde) y lanzó
un estornudo que retumbó en las paredes internas del panteón del banquero que
nadie recordaba, ni reparaba sus vidrios. Seguía igual que siempre. O peor. La
puerta ahora permanecía semi abierta, como invitando al transeúnte a pasar. El
cajón de madera que contendría los restos del banquero, se exhibía impúdico
bajo el altar de mármol. ¿Habrían muerto todos? Difícil porque la cripta sólo
tenía ese cajón. O el muerto habrá sido poco querido. Una sola placa en la
puerta: "Al mejor empleado del banco", sus compañeros. (Un empleado
de banco no llega a casita en el cementerio, como mucho nicho comunitario por
cinco años y después urna. A quién se le ocurre ocupar tanto espacio vital con
tanta ausencia de vida.) Buscó el pañuelo escondido en la manga y se limpió. No
había nadie a esa hora, podría encontrar a su antiguo jefe solo. Faltaban unos
pocos minutos para las 14, hora en que empezaba el turno de la tarde. Capaz que
aún no había llegado. Lo esperaría. Era un lugar público. Cualquiera podía
pasear por las vereditas angostas. (Angostas, ¿ves? Es Chacarita, nomás. Y visto
así, desde la perspectiva de Elena, o de cualquier otro transeúnte que lo
habite en forma vertical --la mayoría lo hace en forma horizontal-- el cementerio parece una pequeña ciudad, con
sus calles pequeñas, sus casitas, algunos edificios más altos, pero también a
escala pequeña y con varios habitantes. Las iglesitas, placitas, jardincitos.
Como la Ciudad de los niños, pero de los muertos. No hay banco pero está la
casita del ex banquero. Los monoblocks del conurbano representados por los nichos
que se apilan como colmena de abeja. Y los ricos viven en la zona residencial,
la de la lápidas rodeadas de verde césped. ) Al doblar en la esquina vio a Domínguez dormitando sobre su silla.
Había llegado puntual. Se quedaba él el mausoleo de los maestros para dormir
tranquilo. No iba nunca nadie, se pasaba el turno sin tener que entrar siquiera.
A ella, en cambio, le dieron siempre el pasillo de los nichos con los muertos
más recientes. Había que lidiar hasta con la escalera. Hay que aguantarse veintisiete años de
pasarle el pañuelo a la viuda sabiendo que el llanto no la traerá de vuelta
nunca más. (Por qué viuda, y no viudo. El prejuicio machista acecha.) A Elena
le hubiera gustado trabajar en esta otra ala pero sabía que era imposible. Esa
era una zona para los empleados mejor vinculados con el Sindicato de Obreros y
Empleados de Cementerio de la República Argentina. El S.O.E.C.R.A. Un sindicato muy poderoso, no
era fácil. De hecho a ella la habían ayudado mucho con su jubilación. Aunque
ahora se arrepentía, no le había sido muy provechosa. No tenía mucho que hacer
con su vida. Sólo le había servido para darse cuenta de cuán sola estaba, de
cuantas enfermedades acechaban a los viejos, y de lo cerca que estaba del
cementerio, pero de las entrañas del cementerio. Por eso había ido a verlo a
Domínguez (¿a que si me pongo a rastrear encuentro otros cinco Domínguez más en
otros de mis relatos?, me aterra más la falta de imaginación que la muerte).
Necesitaba pedirle un favor inmenso. Pensaba darle todos sus ahorros. Total,
ahora que estaba tan enferma que ni podía superar un resfrío de qué podía
servirle el dinero. No se iba a llevar el dinero a la tumba. No señor. Se lo
gastaría todo en un descanso digno. No podía aceptar que cremen sus restos
molestando a todos los vecinos, menos aún que la coloquen en uno de esos
nichos. Los monoblocs del cementerio. Ella quería, merecía, un panteón. Si,
Domínguez sabía que había muchos deshabitados. Más de la mitad. No le robaría
nada a nadie porque están en desuso. Como quien ocupa una casa abandonada cuando
no tiene un techo donde vivir. Ella ocuparía una de estas casitas y se quedaría
allí tranquilita por toda la eternidad. Se acercó al hombre, estornudó con
fuerza, limpió su nariz y comenzó su alegato. (Si por lo menos pudiera dejar de
estornudar.)
Bibiana Ricciardi
jueves, 5 de septiembre de 2013
Alud
de Bibiana Ricciardi
-- Hasta acá llegué.
Laura lava sus manos con esmero. El agua tibia desborda sus
manos e inunda la pileta colapsada del baño del personal. El abandono con el
que el estado trata a sus empleados. A quién podría importarle que esté tapada
la rejilla del sumidero del toilette femenino, del ala derecha, del sexto piso
de la Biblioteca Nacional. Podría ser ese o cualquier otro. La mole se degrada.
No se puede tapar el sol con un dedo. Apenas si intentan conservar los documentos
que atesora el tesoro. Tarea igual de infructuosa, pero más digna.
Como con los papeles valiosos, Laura centra la atención en sus
dedos, es imposible cuidar la higiene de sus manos y la del baño. Elige sus
propias extremidades, destreza de bibliotecaria. Esas yemas han acariciado el
manuscrito y deberían volver a hacerlo. No usa guantes de goma. No sería
propio. Elemento para cirujanos. El investigador, en cambio, necesita del tacto
para encontrar vida. Laura tiene
suficiente experiencia como para haber aprendido muchos de estos trucos que no
se enseñan en la facultad. Por eso su enojo.
-- Última vez.
El espejo es su único testigo. Pero ella no le habla. No se
mira mientras se habla porque no se habla a sí misma. Le habla a él. A Germán.
El hombre que la arrastró en la locura de rastrear las huellas del maquiavélico
escritor. Ese que trazó su trampa pensando en cazar a la mosca que volaría
cuando él ya no estuviera. Que pretende manejar los hilos de la trama desde el
más allá. Con ella no. No permitiría que
se complete la transmigración de su alma perversa. Justo. Ella que se ató las
trompas en cuanto supo que no podría evitar tener sexo. No tendría un hijo para
no verse continuada en otro, menos iba a permitir que el famoso escritor la
usara de medium. Y no le importaba ningún argumento. Por más que Germán
asegurara que su abuelo (sí, Germán estaba convencido de ser el único
descendiente directo de tan ilustre señor) necesitaba de ellos para que su obra
continuara mutando, abismándose en nuevos laberintos pese al corset en que su
viuda pretendía encerrarla. Y a ella qué. Una cosa era trabajar a destajo
revolviendo papeles, tejiendo y destejiendo tramas ajenas, y otra muy distinta
permitir que el más célebre escritor
contemporáneo prosiga su obra a través suyo. La eternidad no existe. Todos
deben degradarse. Pudrirse en el fango. Dejarse tapar por el lodo de los aludes
del tiempo. Y el que no una prenda tendrá. Y la prenda esta vez se la puso
ella. De tanto estudiar los dobleces de la tinta oscura en la que envolvía su
engaño el escritor aprendió a copiar su letra a la perfección. Parecer no es
ser. Ella puede hacer la letra del otro sin que nadie note la diferencia. Pero
no es la letra del otro. Ergo ella sigue siendo ella, la dueña de la copia
exacta. No es el otro, es ella. Una mujer común y corriente que se atrofia como
cualquier otra. U otro. Por eso, su acción permitiría que el gesto del
antepasado se detuviera.
Germán estaba tan excitado que no quiso ni tocar el pequeño
manuscrito amarillento que apareció entre las páginas de la vieja revista.
Mientras él corría a buscar sus guantes de goma, ella garabateó sobre el papel
con la pluma del extinto. Esa que también atesoraba el tesoro. Conocía de memoria el texto original, y
alcanzaba a comprender el dibujo de líneas de la secreta forma de tiempo que el
nuevo final agregaría al texto inmortal. Por eso, de un plumazo escribió otro
más terrestre, o no. Pero otro. Uno que cambiaría el curso de la repetición
infinita de tramas, y que la liberaría a ella de la trampa que la encerraba en
la mole de cemento, rodeada del centenario polvo.
Desde el marco de la puerta del baño Germán la observó
cerrar con desdén la canilla sin siquiera enojarse por la humedad de sus pies. La
ceja enarcada. La dejó escapar. No podría ir muy lejos. El laberinto era
inexpugnable y ella lo había completado con su gesto previsto.
http://www.lanacion.com.ar/1616997-encuentran-un-manuscrito-inedito-de-jorge-luis-borges
Pudor
de Bibiana Ricciardi
Tapate, querida. Se te ve todo. En un rato va a venir la
policía. Viste como son. Unos degenerados. No te sonrojes mi cielo, para estoy
yo, para cuidarte. Bombón de dulce de leche. ¿De verdad creíste que te
permitiría irte? Te voy a cubrir con la sábana. La del compromiso. ¿Dónde las tenés?
No las habrás tirado, si no es conmigo con algún otro ya pensarías estrenarlas.
Y yo que te las compré en agradecimiento. La que perdona rápido es porque se
sabe culpable. Todas putas. Mirá lo que parecés ahora. Tapate, por favor. No te
puedo ni mirar. No querrás que el oficial te vea todas las partes. Que digo las
partes. Hasta las entrañas. Por esos tajos se te ve hasta el alma.
http://www.infobae.com/2013/09/05/1506723-lomas-zamora-misterio-el-hallazgo-una-joven-que-fue-ahorcada-y-violada-su-cama
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